martes, 18 de agosto de 2009

La Iglesia de Huanchaco

Fue con Leopoldo Jáuregui que conocí hace muchos años la Iglesia de Huanchaco, recuerdo que luego de visitarla recorrimos el malecón y comimos unos frejoles que los vendían embolsados y que supuestamente eran muy energéticos. A Leo lo había conocido supervisando exámenes en la Facultad de Letras, y lo recuerdo muy bien porque cuando llegue a ese examen, tuve que ir a uno de los salones “escalonados” con un aforo para 120 personas y para ese examen había solo dos supervisores Leo y yo, Leo era bajo y delgado, yo formado en la Facultad de Ciencias acostumbrado a la “ergonomía” de los supervisores de Ciencias imagine que estaba sólo, porque en realidad no daba medio por mi compañero de turno.

Sin embargo basto que abriera la boca para que me diera cuenta que era todo un prospecto de profesor: voz impostada, pronunciación excelente, postura firme, muy fluido y con ese “seseo” que da un toque de “cache”. A Leo luego lo volví a ver tiempo después y nos hicimos amigos, el era estudiante de Literatura y años más tarde uno de los mejores profesores y personas que conocí. En ese mismo viaje visitamos la plaza de armas de Trujillo con él siempre acompañado de su cámara fotográfica con la que no sólo recordada paisajes y lugares sino expresiones naturales, el óxido del muelle, los trazos en la arena, cosas que en esa época yo no entendía.

Recuerdo que también caminamos por el cementerio de Huanchaco que esta al lado de la iglesia y que estaba medio destruido, decía que cuando uno viajaba a una ciudad debería conocer tres lugares para tener una idea del sitio que estaba visitando: la plaza de armas, el mercado y el cementerio. La plaza de armas era como la sala de tu casa donde recibes a tus invitados, el mercado era como tu comedor donde almuerzas y el cementerio tu cama.

Una historia que necesito contar fue la que compartió conmigo como la afición de los estudiantes de literatura. Yo tengo a veces un deseo compulsivo por salirme de las reglas, porque a pesar de mis esfuerzos las reglas no me gustan y a más reglas, más oportunidades para transgredirlas. La última vez que fui a una exposición en la entrada no decía que estaba prohibido filmar y tomar fotografías, obviamente fui con mi cámara y cuando empezaba a filmar me pidieron que la guardara, me queje en vano, los acuse de prepotentes. Al final igual filme el último video de la exposición que es el que usare con mis estudiantes de arquitectura el próximo semestre, después de todo había una buena causa.

Lo que me contó Leo hasta ahora lo recuerdo porque a pesar de mi espíritu trasgresor su historia me impresionó. Al parecer los estudiantes de literatura tienen un deseo de contar con la mejor y más grande biblioteca personal, pero normalmente esto no es posible por varias razones, entre ellas económicas. Entonces lo que hacían era pasear por las librerías y usando su ingenio, llevarse un libro, no dije comprarse un libro, dije llevarse un libro. Cada uno de esos actos hacía que el autor de dicha hazaña acumulara “puntos” y obviamente se jactara del hecho (no se si de tener el libro o de cómo lo había obtenido) ante sus compañeros. Como en todo, estamos hechos para perfeccionar las cosas, uno de ellos perfeccionó un método hasta convertirlo en infalible. Cavó un libro entre mediano y grande en su interior, de tal forma que el libro cerrado era un libro cualquiera, pero, abierto tenia un enorme hueco en su interior, capaz de contener casi cualquier obra literaria de importancia que quisiera salir de cualquier librería de Lima sin que nadie se diera cuenta. Nunca supe si ese estudiante fui Leo o no se si nunca se lo quise preguntar.

Desde hace un par de años las vacaciones con mi familia las paso en Huanchaco, en enero y en julio de cada año, ahora la iglesia luce hermosa y remozada, el cementerio si parece un cementerio y la plaza de armas la veo brillando de día y de noche, tiene en el piso un reflejo que no he visto en ninguna otra ciudad del Perú. El contraste entre las estructuras coloniales y las estructuras modernas aún existe, desde la época en que Leo me lo hizo notar.

La iglesia tiene una hermosa iluminación que la hace especial, en enero la fuimos a visitar por fuera, mis hijos jugaron con las luces del piso y vimos el crepúsculo. Desde hace un par de años disfruto mucho de algo tan cotidiano como el crepúsculo sobre todo en enero y julio. Hay una hermosa vista hacia la playa y hacia la iglesia, conforme se oculta el sol la iluminación cobra más fuerza y al mismo tiempo el campanario le marca el compás al sol avisándole que tiene que ocultarse. Es difícil de contar, por ello filme estos tres videos que intentar llevarlos a la Iglesia de Huanchaco y compartir esta pequeña historia con todo aquel que la quiera leer, ver y escuchar.




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